Prácticas universitarias durante una crisis sanitaria mundial.

¿Hay algo más frustrante e imprevisible que verse obligada a dejar de lado todos los conocimientos que se adquieren durante un periodo de prácticas y tener que dejar tanto la oficina como el país en el que se desarrollan las prácticas como consecuencia de una crisis sanitaria mundial?

No se acerca nada a lo que en mi mente eran unas prácticas «perfectas» y, sin embargo, fue el giro que tomó mi periodo de prácticas con la llegada de la COVID-19 a España el pasado mes de marzo.

Obviamente no es lo ideal y, sobre todo, representa el temor de cualquier estudiante que realiza prácticas en el extranjero. Y es lo que ha ocurrido en mi primer año de Máster en Traducción Especializada e Interpretación de Enlace.

Todo iba bien, a pesar de un inicio de prácticas complejo, marcado por un sinfín de trámites administrativos. Había logrado integrarme bastante bien en el equipo de Tatutrad y ya me había acostumbrado a la vida en la hermosa ciudad de Sevilla. La experiencia de vivir en España me estaba gustando mucho.

Durante los dos primeros meses de prácticas tuve que familiarizarme con las herramientas de trabajo, la gestión de proyectos y las distintas tareas que se me encomendaban como alumna en prácticas (traducciones, revisiones, alineaciones…). Definiría estos dos primeros meses como un periodo de adaptación, orientación y familiarización.

Durante la primera semana de marzo, tras haber realizado varios proyectos pequeños, comenzaba a sentirme más cómoda con las herramientas, tanto de traducción como de control de calidad. Entendía algo mejor el funcionamiento de la empresa y me sentía capaz de ayudar en proyectos más importantes gracias a los consejos y las explicaciones que me facilitaban mis compañeros, quienes me ayudaron mucho a lidiar con todas estas nuevas herramientas informáticas.

De repente, el 9 de marzo, un día que había empezado muy bien y que parecía desarrollarse con total normalidad, cambiaría por completo el resto de mi estancia en Andalucía.

Alrededor de las 11:00 horas se programó una reunión con el fin de hablar e intercambiar opiniones en conjunto sobre «la posibilidad de establecer el teletrabajo». Bajo mi sincera opinión, pensaba que se trataba de una medida de prevención ante la llegada de la COVID-19 a la región, ya que todos mis compañeros se informaban de la propagación del virus en cada almuerzo, pero imaginaba que se trataría, únicamente, de una reunión informativa. Pero no fue así.

Durante la reunión conversamos, intercambiamos opiniones y tuvimos en cuenta todas las recomendaciones de la directora del equipo, cuya intención no era asustarnos, sino informarnos y adoptar todas las medidas posibles para preservar nuestra seguridad. Ella nos explicó todo detalladamente y recuerdo una frase que me marcó mucho: «En de dos semanas, la situación será parecida a la que se está viviendo en estos momentos en Italia». En aquel momento, Italia era el país más afectado por la crisis de la COVID-19 y salía en las noticias día sí, día también. Al final de la reunión, nos comunicó que, por orden del gobierno de Pedro Sánchez, empezaríamos a «teletrabajar» a partir de la semana siguiente y, efectivamente, así fue. De hecho, es una de las ventajas de las cuales gozan los traductores: la flexibilidad de la profesión.

No me lo podía creer. Me puse en contacto con mi familia ya que, durante la reunión, me ofrecieron la opción de regresar a Francia y continuar allí con mis prácticas. Al principio dije que no, pero pronto me di cuenta de que no tenía otra alternativa. Y, efectivamente, el lunes siguiente ya había aterrizado en Ginebra. Estaba de vuelta en casa. Había dejado mi alojamiento en Sevilla, con la ilusión y la esperanza de poder volver en dos semanas, tal y como se había comentado en un principio en la empresa. El mismo día que salí de España se cerraron las fronteras. A día de hoy, son siete las semanas que lleva el país cerrado. Francia y Suiza cerraron sus fronteras también. Algo bastante chocante, diferente, imprevisto e indescriptible. Nunca he vivido algo parecido. Cuesta creerlo. Parece irreal.

La idea de trabajar en remoto me generaba bastante estrés, porque acababa de familiarizarme y sentirme algo más cómoda con los programas y tenía la sensación de que tenía que empezar desde cero. Y no, no fue fácil. Problemas con el teclado, con la conexión, las licencias, la gestión de software… Un cúmulo de cosas al que hay que añadir un teletrabajo enmarcado en una crisis sanitaria mundial y con mucho estrés cotidiano como base. Por no hablar de un confinamiento infinito que, asociado a la crisis, no favorece un trabajo óptimo ni tranquilo.

Llevo casi dos meses realizando mis prácticas en remoto desde Francia. Dos meses que lleva Europa cerrada y en confinamiento. Dos meses con la esperanza de volver a Sevilla. El fin del confinamiento en Francia se acerca, pero mis prácticas siguen y no tengo ni idea de lo que está por venir. Cada día parece igual, ya no solo caracterizado por el aburrimiento de estar en casa, sino por la angustia de no poder planificar nada y el hecho de extrañar a los seres queridos. Los días se hacen cada vez más largos y llenos de incertidumbre.

Sin embargo, a pesar de este contexto tan complejo, sigo ampliando mis conocimientos y participando en proyectos. Estoy infinitamente agradecida a todo el equipo de Tatutrad: a su directora, Rosario de Zayas Rueda, y a mi tutor de prácticas, Alejandro Rodríguez. Ellos me acompañan día a día en mi evolución y me permiten continuar mi periodo de prácticas en remoto gracias a todo lo que han implementado.

Autora: Valentine Madignier

Estudiante de la Universidad Católica de Lyon (Francia)

LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/valentine-madignier-4376a3171/

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